En defensa de la computadora
Hoy me paro ante usted, señor justiciero, moralista, caído del cielo de las buenas costumbres. Es usted un hombre ruín que ha venido a irrumpir mi amistad con mi computadora, mi pasión con mi comunidad y mi hambre de datos sueltos.
Este espacio virtual no ha sido más que un caldero de ideas y el hogar de desenfrenadas ilusiones. Usted no lo reconoce por viejo decrépito y por sus ansias de elitismo. Usted jamás sintió el calor del amigo de Internet ni la admiración a esos héroes de nombres rimbombantes y palabras humildes.
Usted no reconoce el trabajo arduo de miles de personas, sentadas detrás de una pantalla, ofreciendo contenido tanto basura como de calidad.
Quizá con algo más de basura.
¡No piense cerrarme la testificación aún! ¡He dicho!
Que pase al estrado el escueleador de conspiranóicos. Que pase al estrado el organizador de concursos de cuentos. El deprimido cibernético. El técnico poeta. El santo digital.
Y demás personajes ilustres de esta campiña de Tim Berners Lee.
Calatas hay muchas, hasta para que usted elija. Caudillos quizá existan más. ¿Por qué estos nobles personajes merecen vivir en ficciones de más de 40 soles? ¿Acaso no está contento con sus ínfulas otorgadas por sus hongueados libros antiguazos?
¿Qué acaso ya no murieron esos antiguos héroes? ¿No le va a dar el espacio a los nuevos pertenecientes al Olimpo de Internet?
A ver si hay alguno de sus héroes que pueda impresionarme.
Porque yo tengo un ejemplo de heroismo: Los Power Rangers. Mencione usted algo más herótico que hombres luchando en licras, asfixiando su pene, en un baile de efectos especiales exagerados y gritos mal doblados al español mexicano. ¿Me va a decir usted que eso no merece admiración?
Me levanto por estos nuevos héroes que usted menosprecia.
Mi testificación no puede continuar. Podría seguir hablando de gatos y de otros menesteres culturales del ciberespacio. Pero usted seguirá cerrando sus ojos ante mi vicio y me calificará de masoquista de la vista, de antisocial y agresiva.
Pero le digo desde ahora: Quizá el Internet no me hizo ermitaña.
Quizá nací así.
¿Que acaso no se le ocurrió?
Nota de autor: Escribí esto el 2022. Tómenlo como un manifiesto del uso de Internet por parte de los crónicamente online.
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