En defensa de la computadora
Hoy me paro ante usted, señor justiciero, moralista, caído del cielo de las buenas costumbres. Es usted un hombre ruín que ha venido a irrumpir mi amistad con mi computadora, mi pasión con mi comunidad y mi hambre de datos sueltos. Este espacio virtual no ha sido más que un caldero de ideas y el hogar de desenfrenadas ilusiones. Usted no lo reconoce por viejo decrépito y por sus ansias de elitismo. Usted jamás sintió el calor del amigo de Internet ni la admiración a esos héroes de nombres rimbombantes y palabras humildes. Usted no reconoce el trabajo arduo de miles de personas, sentadas detrás de una pantalla, ofreciendo contenido tanto basura como de calidad. Quizá con algo más de basura. ¡No piense cerrarme la testificación aún! ¡He dicho! Que pase al estrado el escueleador de conspiranóicos. Que pase al estrado el organizador de concursos de cuentos. El deprimido cibernético. El técnico poeta. El santo digital. Y demás personajes ilustres de esta campiña de Tim Berners Lee. Calatas ...